Últimamente me he ido desapegando de las expectativas sobre las personas.

No soy desconfiado ni escéptico; simplemente aprendí a esperar que las palabras se confirmen con acciones. Si alguien quiere algo, si le importa algo de mí, con absoluta paciencia esperaré a que haga lo que considere pertinente. 

Eventualmente me he ido cansando de emocionarme con promesas que solo se hicieron por la emoción del momento. Imagine usted el tipo de promesa que quiera: grande o pequeña.

Entendí que lo que digo tiene efectos en las personas que quiero; y reconocí que no tener palabra es algo de lo que quiero deshacerme.

No es falta de fe; al contrario. Creo que, cuando me dicen algo, esa es su verdad. Pero mi abuelo me dijo que la congruencia es lo más difícil de sostener en la vida, y esa es una verdad irrefutable; todos en algún momento la perdemos. 

Así, uno deja de decepcionarse al aceptar que muchas veces hablamos por hablar. Y, de nuevo, en eso no siempre hay culpa. Mejor que cada quién se encargue de demostrarlo. Mientras tanto, yo estaré haciendo el mismo intento cada día.

Y si nadie hace algo para cambiarlo, no pasa nada. Seguiremos tan cercanos como siempre. 

¿O no?

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