Petrícor
Prometí dejar el cigarro cuando ya no hubiera más por lo que fumar. El problema es que siempre hay algo. Hoy me permito un par al día, solo cuando las circunstancias lo ameritan, aunque, siendo honesto, siempre lo hacen. Aquella fue una de esas veces.
Eran alrededor de las seis de la tarde cuando el teléfono sonó. El sol comenzaba a ocultarse detrás de algunas nubes distraídas y, aunque el calor había disminuido y la lluvia estaba por llegar, aún sobrevivía el bochorno de las tardes de verano. Yo estaba a punto de servirme un trago cuando sucedió. Supuse que era alguien de la oficina: los días habían sido especialmente estresantes y toda mi tranquilidad descansaba en la esperanza de que no se materializara un escenario concreto que pondría en peligro cada una de las cosas por las que habíamos trabajado durante tanto tiempo. No me equivoqué.
Cuando colgué, dejé el celular sobre la barra de la cocina. Todo se convirtió en silencio, en una resignación disfrazada de calma. Fue como quedar suspendido dentro del ojo del huracán. Con plena conciencia de mis actos terminé de mezclar lo que había servido en el vaso y lo bebí de un trago; tomé mi cajetilla y salí a la calle.
Al poner un pie afuera me recorrió el calor que había entibiado el pasto durante el día. La humedad de la lluvia comenzaba a caer sobre los arbustos, impregnando el aire de un olor a libertad que sabía que no tendría, al menos no a partir de ese momento. Hubo tanta confusión y tanta soledad que mi mente no encontró refugio fuera de sí misma. Terminé en la banca de un parque vacío por el presagio de la tormenta. No me importó. Dejé que la cabeza hiciera las veces de guarida y comencé a recordar.
Elegimos la fecha con cuidado para que nadie tuviera la mínima excusa para ausentarse. El viernes, cerca de las nueve de la noche, llegamos a la casa que nos prestó la familia de Eric. Nos instalamos, nos cambiamos y nos metimos a la alberca. Fue una cena tranquila: nos pusimos al corriente de lo importante y acordamos dormir bien para descansar del viaje.
A la mañana siguiente desperté por el sol que se escabullía entre las persianas y abandoné todo intento de volver a dormir. Me quedé acariciando su cabello mientras ella seguía dormida sobre mi pecho. Pocas cosas me daban tanta calma como amanecer junto a Mónica. Era el único momento en que el tiempo parecía detenerse debajo de nosotros. Habrán pasado cuarenta minutos hasta que se estiró y me besó. Le pregunté si quería desayunar; me dijo que bajara primero a ver si los demás ya estaban despiertos.
No encontré a nadie en las áreas comunes, así que aproveché para bañarme y arreglarme. Cuando bajé de nuevo, Simón y Andrea preparaban café. Al poco rato aparecieron José, Alexis y Emmanuel —habían compartido habitación— y después Eric y Pamela. Subí a buscar a Mónica, que ya se estaba maquillando, y la esperé mientras terminaba.
Pasamos el día bailando, jugando y hablando de cualquier cosa, como lo habíamos hecho durante más de quince años. Con el tiempo se volvió difícil empatar nuestras agendas; por eso planeamos el viaje con seis meses de anticipación. Curiosamente, coincidió con un momento en el que todos teníamos algo que celebrar.
Eric había conseguido un ascenso importante; Simón cerró su primera venta por un millón de pesos; Andrea se titulaba de la maestría; José y Alexis habían obtenido la patente necesaria para vender su marca afuera de Latinoamérica; Emmanuel ganó el concurso para dar clases en la facultad; y a mí me habían hecho socio en la firma donde entré un año antes. La vida nos sonreía. Además, por primera vez en mucho tiempo, tres de nosotros estábamos perdidamente enamorados.
Crecimos juntos. Simón y Eric fueron vecinos desde el kínder y después coincidimos todos en la secundaria. A partir de ahí no nos separamos. Nuestra relación traspasó los confines de una amistad y se instaló en el territorio de la familia. Yo no tuve hermanos y ellos se convirtieron en algo que ningún vínculo de sangre habría podido igualar.
Estábamos en el despertar de la vida adulta, en ese punto donde uno empieza a entender que sus decisiones marcarán el rumbo de lo que viene. Eso nos permitió disfrutar cada segundo. Bastaba una mirada para reconocernos: sabíamos que ese momento no se repetiría. Lo estábamos logrando y lo estábamos haciendo juntos, como lo imaginamos tantos años antes.
En algún punto de la tarde me recosté en un camastro junto a la alberca y me quedé mirando lo que tenía enfrente. Simón y Andrea estaban apoyados en el barandal; ella le rodeaba el cuello con los brazos y se sonreían con el alma. Pamela jugaba cartas con Alexis y José en la mesa del jardín, y Eric recogía la carne que había sobrado del asador.
¿Cómo había pasado tanto tiempo sin darnos cuenta? Hicimos toda clase de tonterías, nos vimos enamorarnos y nos acompañamos cuando nos rompieron el corazón. Forjamos nuestro propio criterio, aprendimos a hacerlos convivir. Y sí, allá afuera podíamos ser exitosos, pero ahí, juntos, volvíamos a ser adolescentes de quince años dispuestos a ridiculizarnos con tal de hacernos reír.
En medio de mi reflexión, Mónica salió de la casa. Se había puesto algo más ligero; el calor había aumentado. Al verla confirmé que estaba viviendo la mejor vida que pude imaginar. Se sentó sobre mis piernas, me rodeó con los brazos y me dio un beso capaz de detener mil guerras. Recuerdo oler la mezcla del bloqueador solar con su perfume y, aun así, reconocer el olor de su piel. Me preguntó si la estaba pasando bien, pero no pude responder. La felicidad me desbordó. Asentí con los ojos llenos de lágrimas. Ella lo entendió y me abrazó más fuerte. Ese abrazo fue mi combustible muchos años después.
Yo intentaba guardar cada segundo en la memoria cuando Pamela, tras ganar todo el dinero que Alexis y José habían apostado, llamó a Mónica para hacer algo que ya no recuerdo. Mónica me besó y fue tras ella.
Apenas me recuperaba cuando la voz de Emmanuel me sacó del trance. Había estado sentado en el camastro contiguo todo ese tiempo.
—Nacieron para estar juntos —me dijo.
Le pregunté qué hacía ahí.
—Observando. Grabándome esto —respondió—. Porque sé que lo que estamos viviendo ya se está convirtiendo en un recuerdo. Y después, cuando estemos lejos, cuando la realidad se nos atore en la garganta, vamos a volver aquí. Hoy me siento más vivo que nunca.
El nudo se volvió a tensar y mis ojos volvieron a recuperar su exceso de humedad. Le extendí la mano y él la tomó con firmeza.
—Te amo, amigo. No lo olvides —dijo.
El resto de la tarde pasó entre juegos, risas y las mismas anécdotas de siempre. Escuchamos a Eric imitar a nuestros maestros de la secundaria y recreamos la coreografía de la ceremonia de egreso. Nunca me dolió tanto el estómago por reír. Entre los tragos, Simón colocó su cámara en un tripié y tomó la única foto que obtuvimos de ese viaje.
Por la noche, las chicas se adelantaron a los cuartos y nos quedamos nosotros, sentados en círculo en medio del jardín. No hubo mucho que decir: bastaron los cigarros, las botellas y las miradas.
—Estas son las historias que quiero que les cuenten a mis hijos cuando me visiten —dijo Emmanuel.
—Tú vas a hablar el día de mi boda —respondió José.
—Primero encuentra a alguien que te quiera —dijo Alexis.
—Que te aguante —añadió Eric.
Entre las risas encontré la mirada de Emmanuel, orgulloso de tener el cariño de sus hermanos.
—Brindo por seguirnos aguantando —sentenció Simón.
Levantamos los vasos.
Después de todo, José sí encontró a alguien que aceptó casarse con él, pero fue Eric quien habló el día de su boda. Tres meses antes de la ceremonia, Emmanuel regresaba a casa tras dar su última clase del turno vespertino. Había intentado dejar de fumar semanas atrás, pero esa noche se detuvo en la tienda frente a su casa a comprar un cigarro suelto. Su vecino, un drogadicto sin dinero, decidió asaltar el único local abierto. En su delirio no reconoció la piel de Emmanuel cuando la atravesó con una navaja oxidada. No hubo nada que hacer.
En el funeral volví a ver a Mónica. Se veía distinta. Ya no usaba el mismo perfume y ahora alguien más despertaba a su lado. Aun así, me pareció un lindo detalle su presencia.
Recordarlo todo me llevó a llorar en silencio en la banca de aquel parque vacío. Como pude regresé a casa y pasé la noche trabajando en el escritorio, buscando una solución a mi problema, mirando de cuando en cuando el marco con la única foto de aquella tarde.
La tarde en la que fuimos felices juntos, por última vez.
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