Caminantes



Escribo para ti porque sé que en mis palabras podré encontrarte

cuando mi amor no sea suficiente para hacer que te quedes.




Si he de mirar atrás podré ver un camino recorrido sobre las más frescas hierbas, un sendero rodeado de aquellas flores con el perfume más exquisito jamás concebido. Y el cielo, ¡oh, el cielo! Días azules teñidos de violeta, rosa y naranja, en ocasiones de un gris cargado de incertidumbres. Pero, al final, siempre cielo, con esa calma inexorable que invita a las almas más inquietas a sosegarse. Toneladas de nubes me sobrevolaron, trayendo claridades precedidas de leves lloviznas, tormentas y, una que otra tarde, algún huracán que arrasó con todo a su paso. 

Si he de mirar atrás podré ser testigo del gran amor que me proporcionó el aliento vital para no rendirme. Un amor que me acompañó a lo largo de todos esos pasos que me han traído hasta aquí. Y, muy a mi pesar,  contra cualquier intento desesperado por contravenir esta determinación inevitable, el amor, como la materia, no se destruye sino que estará sujeto a transformarse para siempre. 

He sido testigo de lo que el amor más puro puede gestar en el alma de la gente. Lágrimas que sanan y en las que se reflejan vidas y heridas compartidas, que comulgan y se funden con el único propósito de dar a luz a la flor más bella: la flor de la otredad. Lo dijo aquel autor cuyo nombre no logro evocar, la otredad es vernos a nosotros mismos, a través del reflejo de la mirada del otro. Yo creo que ahí está el fin más íntimo de la compañía.

He sentido sobre cada rincón de mi cuerpo el cálido recorrido de una ternura dulce y aterciopelada, que apaciguó tantas ansiedades y proyecciones fatales sobre un futuro improbable. He acariciado la piel bronceada y templada por veinticuatro primaveras que moldearon el carácter valiente y arrojado de las personas destinadas al triunfo. He sido mirado por la comprensión más humana, y resguardado por el corazón más compasivo. 

He besado los labios que desprendieron los temores de mis poros, y escuchado la melodía capaz de terminar todas las guerras que azotan al mundo. He dormido en las piernas y los hombros que han sido refugio de batallas entre pensamientos sangrientos. He reído, llorado, soñado y aprendido. He vivido.

Dos caminos unidos por tramos trazados desde arriba, con orden de bifurcarse al ser ahora más fértiles; la tierra de ambos está aireada y mullida, preparada para que en ella sean sembradas las flores que adornarán el resto del camino. Un camino de inagotables riquezas, destinadas a ser cosechadas por las manos que alguna vez curaron mis heridas, y que ahora tendrán la misión de curar las propias. 

Si hoy me encuentro aquí, es porque he logrado entender que hay situaciones que escapan de mis dominios como mortal que soy. Incluso siendo un co-constructor de mi devenir, no tengo la habilidad que me permita forjar y amoldar destinos (ajenos) a voluntad. Lo que alguna vez Montaigne me susurró, y que no logré comprender como ahora lo hago, aparece de nuevo, reclamando su título de verdad irrefutable: no tenemos en las cosas futuras más poder que en las cosas pasadas.

Si he de mirar atrás, podré encontrarte en cada huella, olerte en cada gerbera. Podré escucharnos y sentirnos. El pasado, como el camino, se anda, mas no se deja atrás. 

Hoy soy. Agradezco. Recuerdo. Amo. Porque fuimos y, por siempre, seremos.

 


Bruno.


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