Donde habita la certeza
Se me perdió la certeza. Llevaba rato buscando, empeñado en intentos infructuosos. Todo porque una tarde, cuando acepté que ya no me serviría de mucho, decidí arrancarla de mi pecho y lanzarla tan lejos como pude. Resignado a las consecuencias de mis caprichos, decidí dejarlo por la paz. Así ocurrió un buen tiempo hasta que, anoche, aquella certeza abandonada se cruzó de nuevo conmigo.
La encontré escabullida detrás de una mirada ajena que avivó la flama huérfana que habitaba dentro de mí. De pronto, me reconocí en los ojos que se posaron sobre los míos, curiosos, preguntando por la razón de mi sorpresa; de los ojos a los labios, luego de vuelta a los ojos, sin saber dónde colocar mi eternidad. Todo mientras me fluía la vida por las avenidas debajo de mi piel, como si su sangre llamara a mi sangre.
Luego mi certeza se fue con ella. Tuve oportunidad de arrebatársela mientras bailábamos la última canción; en su lugar preferí tomar prestado un poco de la tersura de su piel. Ya se la regresaré cuando traiga de vuelta lo que se llevó; y si no vuelve, podré vivir con ello.
Comentarios
Publicar un comentario