Durante el día todo fluye. Mientras el sol ilumina la bóveda celeste, el peligro no es real. Sí, de vez en cuando aparece una risa que se extravió en las calles, pero nada grave. El mundo parece haber encontrado el nuevo rumbo. Un destino hasta ahora desconocido que comienza a vislumbrarse a cada paso. Son las noches las que me atormentan. Cuando las voces se refugian detrás de las paredes y es hora de apagar la luz de la habitación. Entonces regresa la imagen de su recuerdo. No hablamos cuando lo hace, nunca lo hacemos. Solo se aparece a mi lado, diciéndonos con miradas todo aquello que no tuvimos tiempo de decirnos. Y su piel se reconoce con la mia, como dos trozos de un mapa que fue partido a la mitad, como si ambas recordaran un lugar que yo ya no sé nombrar. Es su piel, y la respiración, la sensación de hogar la que no logra disolverse. A diferencia de las promesas y las esperanzas que en algún momento se filtraron entre los poros de mi ser, el cuerpo y el alma no olvid...
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Entonces, sobre todo esto: Seamos honestos, al inicio pensé que estaba huyendo. Quizá en una gran parte sí fue así. Huí porque sabía que no podía gestionarlo todo yo solo. Es evidente que huía de ver una vida que iba a ser vivida sin mi presencia. No hay otra forma de decirlo. No quise tener cerca absolutamente nada que me recordara que ya no perteneía al lugar donde quería estar, y las redes sociales eran la conglomeración de absolutamente todo ello. Entendí que a grandes problemas, grandes soluciones. Fue tan impactante que tuve que cortarlo todo, de tajo. Huí de las rutas de siempre, de la oficina de siempre, de los mismos lugares que existían allá afuera, porque básicamente encontraba mi pasado en cualquier lugar. Mi impulso fue llamar la atención en un nivel desesperado. Vivir una vida falsa que no estaba disfrutando, sólo para que todo el mundo viera que seguía vivo, que no me había destruído. Cuando sólo estaba implosionando. Reconocí esa necesidad humana ...