¿Cómo se llamó la obra?
No es más feliz aquel que representa el papel con una técnica más pulida. Ni es más sabio el que pregona la inferioridad de aquellos que piensan diferente. Permitirse embriagar por la apariencia que los demás reconocen en nosotros lleva a pensar que, invariablemente, seremos eso que nos dicen que somos. Tan gruesa es la máscara que nos colocamos después de haber sido heridos en el alma; dos o tres centímetros de un hierro oxidado, lacerante al contacto con la piel, que termina anhelando que le miren. Solo así tendría sentido tenerla puesta. Aquel que pone sobre aviso a los demás de que su carácter es fuerte, muy probablemente solo lo haga para no volver a salir lastimado. Tan agotadora es, en esencia, la tarea de mostrarnos más atrevidos, más valientes, que apenas resta espacio para hallar algo de congruencia. Nos esforzamos tanto en los triunfos, la influencia, las relaciones, que terminamos convirtiéndonos sólo en eso. ...