1. La caída
Recuerdo la tarde en que me enteré. Su heraldo tomó mi mano, me miró a los ojos y colocó sus labios sobre los míos, tan dulces como siempre. Anunció con un beso que se acercaba el día de mi muerte. Secó mis lágrimas y, con una disculpa escondida entre su media sonrisa, se levantó y se fue. Un par de días ocurrieron sin ninguna novedad. Esperé dejar de respirar mientras dormía, atravesarme en el trayecto de una bala perdida e incluso intenté, debajo de los árboles, que algún rayo me descubriera. Nada pasaba más que las horas. Sin sentir mucho, entendiendo menos. Me encontró al fin una noche, mientras preparaba mis cosas para el día siguiente. «Eso no será necesario», me dijo. Le pregunté si podría despedirme, pero me miró como si ella supiera que ya no había nadie de quién hacerlo. Tampoco respondió cuando le pregunté si iba a ser doloroso. Yo no lograba comprender nada. Resulta que uno va muriéndose de a poco, como las flores se van rindiendo a la gravedad. La vida sigue flu...