Conforme el tiempo avanza, las pérdidas se ven cada vez más cerca. He notado cierta distancia que me mantiene al tanto de lo que pasa, sin dejar a un lado la vinculación emocional que se ha mantenido fuerte y genuina desde que era pequeño. El amor me entibia, pero la realidad lo regula. Mi pronóstico para este año no es alentador. Algo en mi interior me dice que no será sólo una partida; están en camino. Miro al tiempo hacer de las suyas sobre mis abuelos y, aun así, lo he visto fracasar al intentar arrebatarles un pedacito de vida y amor de la mirada. Causa y efecto, supongo. Ellos mi causa, yo su efecto.
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He tenido la fortuna de contar con la confianza de mis amistades, y vamos descubriendo cómo entender de qué se trata eso del amor. Y más allá de cualquier otra cosa, me doy cuenta de la transición emocional que ha habido dentro de mí. No pienso como pensaba ni siento como sentía. Lo he intentado. He ido aprendiendo a hablarme en un idioma distinto que me he tenido que inventar, porque mi diccionario me quedaba obsoleto. No quedó más remedio que cambiar de dirección: o aprendía a comunicarme en ese nuevo idioma o me perdía en una traducción insuficiente. Ahora uno camina a dos pasos de distancia de los demás, alerta a cada hoja que cruje debajo del zapato, y vaya que eso ya es mucho decir. Los bordes de todas las cosas se observan más nítidos, como remarcados. Las texturas también se hicieron más rasposas. O será que yo empecé a escuchar a mi piel hablar cuando nos acercamos a la orilla; esa de la que saltan los que decidieron salvarse.
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Llevo apenas una semana en una firma, apoyando a personas inmigrantes que están en Estados Unidos, y ya he descubierto otra faceta del ámbito jurídico que no había tenido oportunidad de explorar. A pesar de tratarse de un sistema jurídico distnto al mexicano, absolutamente desconocido hasta este momento, despierta de nuevo esa vocación de hacer todo lo posible por prepararse para y por la gente que se acerca por ayuda. No sé todavía por qué la vida me puso aquí... habrá de verse.
3. El descanso
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Cuando abrí los ojos, sólo había silencio. Mi primer instinto fue estirarme debajo de las sábanas y mover los dedos de los pies. A diferencia de antes, la luz entraba a través de la ventana con una intensidad que sólo se encuentra al nacer el día. Me mantuve quieto por unos minutos, sólo para asegurarme que se trataba de mi estado de vigilia y no de otra ensoñación. Cuando reuní el valor suficiente, me incorporé sobre mi cama y me detuve a observar la habitación. Todo estaba en su lugar, tal cual como solía encontrarse. Hice el intento pero no logré recordar lo que había sucedido la noche anterior; busqué algún indicio que denotara algo, una botella vacía, un porro a medio fumar. Nada. Solamente esa voz, retumbándome en la cabeza. Yo esperaba sentirme distinto, pero no hubo ninguna diferencia. Al menos no como lo pintan en las películas. No hubo un éxtasis, una urgencia por vivir, por disfrutar cada momento como si fuera el último. Fue cuando llegué a la cocina para hacer el desay...
2. El eco
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Aquí el tiempo transcurre distinto. A fin de cuentas es algo que solo le importa a los vivos, incluyendo a aquellos que no están muy interesados en vivir. Uno piensa que cuando morimos todo el dolor desaparece. Creemos que los fallecidos están mejor que los que nos quedamos. Bueno, mejor dicho, eso era algo que yo pensaba. Pero resultó una mentira, construida para hacer más llevadero el duelo. La realidad es que todo sigue doliendo, pero duele diferente. Es un dolor casi susurrado, que te habla al oído mientras te acaricia la piel nada más con la punta de los dedos. Desde que llegué creí ser el único en este lugar. Tan oscuro como si tuviera los ojos cerrados, pero supe por el perfume del aire que se trataba de una especie de campo abierto, sin un horizonte visible, como intentar ver el mar durante la noche. Esa ansiedad causada por la incertidumbre, por la falta de finitud. No sentí hambre ni sueño, ninguna necesidad fisiológica porque, para rematar, no podía ve...
1. La caída
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Recuerdo la tarde en que me enteré. Su heraldo tomó mi mano, me miró a los ojos y colocó sus labios sobre los míos, tan dulces como siempre. Anunció con un beso que se acercaba el día de mi muerte. Secó mis lágrimas y, con una disculpa escondida entre su media sonrisa, se levantó y se fue. Un par de días ocurrieron sin ninguna novedad. Esperé dejar de respirar mientras dormía, atravesarme en el trayecto de una bala perdida e incluso intenté, debajo de los árboles, que algún rayo me descubriera. Nada pasaba más que las horas. Sin sentir mucho, entendiendo menos. Me encontró al fin una noche, mientras preparaba mis cosas para el día siguiente. «Eso no será necesario», me dijo. Le pregunté si podría despedirme, pero me miró como si ella supiera que ya no había nadie de quién hacerlo. Tampoco respondió cuando le pregunté si iba a ser doloroso. Yo no lograba comprender nada. Resulta que uno va muriéndose de a poco, como las flores se van rindiendo a la gravedad. La vida sigue flu...
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Hoy más que nunca agradezco a mi pasado. Porque la vida supo en qué idioma tenia que hablarme para poder entender cómo vivir. Cómo enfrentarme a mis miedos, a las vidas que planeé y no viviré. Uno aprende siempre con lo que le atraviesa y toca las fibras mas profundas de su ser. Me volvió fuerte, atrevido, valiente. Me volvió consciente y paciente, pero también honesto conmigo mismo. El dolor de perder, perder mi lugar, perder mi certidumbre. La obligación de convertirme en mi refugio sin traicionar mis principios. La aceptación de saber que hay cosas que no podré elegir de nuevo por el bien de mi tranquilidad y a la vez el deseo irrefrenable de repetir todo de nuevo. Me queda la vida que viví. Un último cigarro en su nombre al fondo del cenicero.