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 Las manecillas miraron al cielo y las sillas fueron encontrando su libertad. Primero tu tía, luego tu prima, y al final fue tu abuelita; todas me abrazaron y me desearon una buena noche. Yo les agradecí y una a una regresaron a casa. Yo no dije nada, pero tú y yo aprendimos a hablar un mismo idioma. Tantas veces te abracé así, así sin quererte soltar. Solo tú fuiste mi intérprete. Luego, hiciste un nudo con tus brazos en torno a mi cintura, amarrando mis miedos para que no escaparan. Cuando logramos refugiarnos de los oídos del resto, clavaste tus ojos en mi alma. Dijiste que te había parecido como si me hubiera despedido de ellas para siempre. Respondí que uno nunca sabe pero me abrazaste más fuerte. Aseguraste que no sería la última y me condenaste con un beso. Me tranquiliza que lo último que tu familia escuchó de mi boca fue el gracias más sincero.

Tuyo, como lo fui;

Hola.  No sé si estas palabras te encuentren, sé que puede ser así., pero no es una certeza. Durante este tiempo dejaré a un lado cualquier dejo de pose y ficción, y seré lo más honesto que mi criterio me permita serlo.      No ha habido un día que no te piense. Y desde aquella noche, no ha habido un momento en que no reproduzca en mi mente toda esta historia, desde el inicio hasta el final.           Decidí alejarme mucho tiempo porque fue la única manera en que podía lidiar con el dolor y mi confusión. Me dolía mucho la idea de verte vivir una vida en la que ya no estaba yo, donde no era nada más que un recuerdo bonito de una bonita etapa. Francamente sigo decidido a no saber nada. Es egoísta, quizá, pero debí serlo en algún momento, creo que se me concede la licencia.           Cuando, eventualmente, volví, me vi inmerso en el ecosistema virtual, si quieres verlo así, y aunque me he mantenido en la línea ...