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mayo

¿Cuándo uno sabe que está listo? El momento en el que llega la realización de haberlo logrado; haberlo superado.      Supongo que nunca llega. Es más una aceptación tácita que se sedimenta en el pecho, en la ausencia de angustia.      Me he visto en la terrible necesidad de entenderme; observar cómo pienso, cómo siento. Identificar qué patrones se detonan cuando me dejo vencer, qué caminos conocen mi mente y mi corazón hacia lugares que fueron como un refugio tormentoso. Sigo recorriendo esos senderos, solo que nadie abre a la puerta. Corrijo: ni siquiera toco el timbre.      Ya corrieron seis meses de este viaje, donde he colocado las piezas en donde me parece que deben ir. Al menos no están en el piso.      Mi forma de afrontar la vida fue dejándome caer. No hay otra forma de decirlo. Corté todos los hilos que me sostenían y encaré a la gravedad. Necesitaba espacio, tiempo y silencio. Francamente, no me solté de golpe. Pr...

Oración

 Me jacto de tener la capacidad de convivir con cualquier cosa que me recuerde a lo que solía ser mi vida.     Pero en tardes como esta, donde el cuarto se llena con el aroma de la tarde, mientras mi cuerpo se sigue recuperando de la batalla que libramos anoche,  cuando el silencio cobra dominio encima de cualquier esperanza, es que comienzo a preguntarme:    ¿Ha tenido mi existencia, algún efecto en la vida de la gente? ¿Cuánto ha valido mi cariño para el resto? ¿Qué represento en el pasado de las personas que he querido? ¿Será que me extrañan aquellos a quienes extraño? Algo habrán de recordar sobre mi. Espero que no sean solo las cosas malas.    Porque cuando soy solo yo, sentado en  la banca del parque, yendo por el tercer cigarro, hay toda una serie de momentos donde preferiría estar. No ya por ataduras, sino por el simple hecho de poder hacerlo.   Es cruel la noción de recordarlo absolutamente todo y que se quede solo en ...

¿Cómo se llamó la obra?

No es más feliz aquel que representa el papel con una técnica más pulida. Ni es más sabio el que pregona la inferioridad de aquellos que piensan diferente.      Permitirse embriagar por la apariencia que los demás reconocen en nosotros lleva a pensar que, invariablemente, seremos eso que nos dicen que somos. Tan gruesa es la máscara que nos colocamos después de haber sido heridos en el alma; dos o tres centímetros de un hierro oxidado, lacerante al contacto con la piel, que termina anhelando que le miren. Solo así tendría sentido tenerla puesta.  Aquel que pone sobre aviso a los demás de que su carácter es fuerte, muy probablemente solo lo haga para no volver a salir lastimado.          Tan agotadora es, en esencia, la tarea de mostrarnos más atrevidos, más valientes, que apenas resta espacio para hallar algo de congruencia. Nos esforzamos tanto en los triunfos, la influencia, las relaciones, que terminamos convirtiéndonos sólo en eso.  ...

Urgencia

A las amistades, la familia y los amores. ¿Y si digo que te quiero ver? Antes de que pase cualquier cosa, antes de que sea la vida la que se nos pase. ¿Y si digo que te quiero? Ahorita que tengo una voz para decirlo, ahorita que puedes escucharme. ¿Por qué esperar a que te vayas? ¿Por qué irme antes de decirlo?  Es mejor aprovechar el tiempo que tenemos; hacernos saber aquello que hemos sido juntos. Así sea una vida entera, así haya sido un ratito.  No estoy dispuesto a probar mi suerte. Me evito el arrepentimiento. Y si digo que te quiero ver, decírtelo todo de una vez, ¿vendrías con la misma prisa que tengo yo?

Multitud.

Hoy te encontré de camino a la oficina. Te subiste al mismo vagón que yo y te sentaste en silencio sin alertar a nadie. Creo que me quedé dormido, porque cuando abrí los ojos ya no estabas.  Apareciste otra vez cuando me detuve a comprar mi café; sentada en las mesas del fondo, con los audífonos puestos y mirando por la ventana. Creo que saliste mientras contaba el cambio que me dio la cajera, porque cuando te busqué de nuevo, la mesa estaba vacía.  Escuché tu risa cuando esperaba que la luz del semáforo cambiara, pero se perdió detrás del rugido de los autos que pasaron frente a mí. Después caminaste a mi lado, y aunque no te vi, no tengo ninguna duda de que fue tu perfume el que me acompañó esas dos o tres cuadras, hasta que te metiste en alguna de las calles que dejé atrás. Hoy fuiste parte del cúmulo de extraños que cruzaron su camino con el mío, y estoy seguro de que te fijaste en mí en la misma medida en que los demás lo hicieron. Porque perteneces a todos los lugares do...

Caminantes

Escribo para ti porque sé que en mis palabras podré encontrarte cuando mi amor no sea suficiente para hacer que te quedes. Si he de mirar atrás podré ver un camino recorrido sobre las más frescas hierbas, un sendero rodeado de aquellas flores con el perfume más exquisito jamás concebido. Y el cielo, ¡oh, el cielo! Días azules teñidos de violeta, rosa y naranja, en ocasiones de un gris cargado de incertidumbres. Pero, al final, siempre cielo, con esa calma inexorable que invita a las almas más inquietas a sosegarse. Toneladas de nubes me sobrevolaron, trayendo claridades precedidas de leves lloviznas, tormentas y, una que otra tarde, algún huracán que arrasó con todo a su paso.  Si he de mirar atrás podré ser testigo del gran amor que me proporcionó el aliento vital para no rendirme. Un amor que me acompañó a lo largo de todos esos pasos que me han traído hasta aquí. Y, muy a mi pesar,  contra cualquier intento desesperado por contravenir esta determinación inevitable, ...

Boloncho.

Para ella. Por las tardes en que me siento triste, cuando he perdido la esperanza de lograrlo, o incluso cuando he tenido un gran día, vengo a la nevería de siempre, la de la esquina, la que descubrimos juntos.      Primero, me acerco al mostrador y busco con la mirada al señor que siempre nos atiende. Ya me reconoce y le caigo bien, aunque me da vergüenza confesarle que no recuerdo su nombre. Tú y yo, en secreto, le decimos Don Boloncho.      Él me pregunta cómo estoy, si ya salí de trabajar o si solo voy de paso, pero mi parte favorita es cuando me pregunta por ti. Y yo me contengo, sé que si empiezo a hablar la noche podría encontrarme y yo apenas iría por la mitad.      Luego, le pido lo mismo: un capuchino sin azúcar. No importa el calor o el bochorno, la temperatura adentro siempre es perfecta. Cuando entro, examino las mesas, reparo en cuáles están ocupadas y cuáles vacías, pero siempre elijo una en especial.      Tú y...