La historia mal contada
Algunos dicen que recordar es la perpetua reconstrucción de lo que nos acontece. Esto implica que, con cada representación de esos sucesos, el porcentaje de realidad y objetividad se reduce, mostrándose como una verdad casi irrefutable que lo sucedido lo hizo tal como lo recordamos por última vez.
Recordamos con la mente, con la piel, con la nariz. Recordamos cuando estamos solos; cuando la memoria nos encuentra distraídos y con la guardia baja. Recordamos risas y miradas, las caricias, abrazos y besos. Recordamos los silencios, las náuseas y el miedo. Recordamos aquello que pudo ser y no fue, lo que evitamos que pasara, aquello de lo que quisimos ser parte. Aquello que no se nos concedió, lo que se terminó antes de que empezara. Habitamos una piel que se quemó con el sol. Recorremos las calles y avenidas que ahora desembocan en sitios ignotos e intrascendentes. Saboreamos la añoranza en cada mordisco, en cada trago. Revivimos las melodías que tarareamos, las voces que junto a nosotros cantaron, los cuerpos que nos contuvieron y nos refugiaron.
Del abuelo los chistes, sus ronquidos. El refrán que se transformó en lección de vida cuando estábamos listos para entenderlo. De la abuela la calidez en las manos; unas manos y un corazón lastimados por un tiempo que no le ofreció lo que se merecía, por una vida que no le permitió algo más. El perfume que brotaba de las paredes de la cocina, el sabor a amor en cada pieza de arte a la que dio vida.
De mamá son los besos en las rodillas raspadas, los labios que resultaban una suerte de termómetro infalible en las noches de fiebre. Las discusiones banales por la ropa desdoblada, las tardes de consuelo por un corazón roto. La vida misma. A papá le corresponden los golpes de los que nos protegió, los miedos que fueron superados, el arrojo y el coraje.
Recordamos la traición, los errores, los autosabotajes. Disolvemos las expectativas que se frustraron. Las promesas rotas, los compromisos que no logramos mantener. Las veces en que lastimamos a quienes quisimos.
Reinventamos los amores, las amistades. La familia que nos construimos. Elegimos a partir de cuándo comenzar a contar una historia mal contada y todas aquellas que nunca más serán evocadas. Protegemos los secretos que deben mantenerse bajo llave, las mentiras piadosas que se mantienen vigentes y aquellas que deben nacer para que todo esto tenga algo de sentido.
Somos nosotros los que decidimos la vida que recordamos, la que mejor se nos acomoda para ser quien nos gustaría ser. Y, entonces, ¿qué de lo que recordamos en realidad pasó?
Ya se nos olvidó.
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