mayo
¿Cuándo uno sabe que está listo? El momento en el que llega la realización de haberlo logrado; haberlo superado.
Supongo que nunca llega. Es más una aceptación tácita que se sedimenta en el pecho, en la ausencia de angustia.
Me he visto en la terrible necesidad de entenderme; observar cómo pienso, cómo siento. Identificar qué patrones se detonan cuando me dejo vencer, qué caminos conocen mi mente y mi corazón hacia lugares que fueron como un refugio tormentoso. Sigo recorriendo esos senderos, solo que nadie abre a la puerta. Corrijo: ni siquiera toco el timbre.
Ya corrieron seis meses de este viaje, donde he colocado las piezas en donde me parece que deben ir. Al menos no están en el piso.
Mi forma de afrontar la vida fue dejándome caer. No hay otra forma de decirlo. Corté todos los hilos que me sostenían y encaré a la gravedad. Necesitaba espacio, tiempo y silencio. Francamente, no me solté de golpe. Primero intenté rodar sobre la ladera, llamando la atención de cualquiera con el morbo suficiente para observarme sin involucrarse. Giré y giré hasta que el mareo me envolvió; fue cuando entendí que era momento. Así encontré el vacío.
Me alejé de la vida. Y con ello me refiero a mi propia casa, incluso a mi ciudad. No miento, en algún momento me pregunté si no había sido más que un acto de cobardía. Después pensé que fue más un manifiesto de prudencia. Tengo todo el derecho de sanar como me dé la gana, además, dada la naturaleza del evento en comento, necesitaba medidas drásticas. Últimamente me reconcilié con ello, y comencé a mirarlo como un acto de valentía.
En fin, como dice mi abuela: de amor nadie se muere, nada más los pendejos; y yo sentía que moría, pero mis papás no criaron a uno de esos. No quedó de otra más que llorar hasta el último grano de sal que tuviera dentro.
Mes tras mes, repitiendo exámenes. Aprendiendo de memoria las respuestas a preguntas que olvidé en el último momento.
Repasando recuerdos maltrechos, intervenidos por mis propias heridas. Un día eran de una forma, al otro eran distintos. No confiaba ni en mi propia mente. Nunca lo hice, me parece.
Lidiando con el coraje, la frustración, los celos. El reproche, la culpa, la confusión. La indignación, ¡uy! Esa llegó después, pero la trataremos luego.
Haciendo las paces conmigo y con la vida. Aceptando la posibilidad de que la divinidad haya hecho uso de su derecho al veto para tomar una decisión que yo no hubiera tomado.
Dejando todo en manos del universo, que se ha de equivocar menos que yo, seguramente.
Creando monólogos internos, preparando respuestas a preguntas hipotéticas elucubradas por mi ego y mi orgullo heridos. ¿Regresaría o no regresaría? Me preguntaba. Cuando tu mente es una voz que nunca guarda silencio, acaricias ideas bien extrañas.
Cigarros, botellas, descontrol, de todo lo que se me pudiera ocurrir. Luego más tiempo, meditación tras meditación. Un libro encima de otro se fueron apilando en donde antes hubo un portarretratos. El cuadro que pinté para sustituir al que había sido removido en el control de la gestión.
Viviendo en un lugar desconocido a la vista y al sentimiento, sosteniéndome de las personas que me aman más que nadie. ¡Qué bendición elegir a tu familia! Decisiones que ni yo logro entender. Barcos que se incendiaron por el bien de lo conseguido hasta el momento.
Fronteras que nadie sabrá que crucé, palabras que solo pocos me escucharon pronunciar. Me llevo una vida de secretos conmigo.
Puse a prueba mis habilidades para amar otra vez: infructuoso. Los roles se invirtieron. Ahora era yo el que soltaba. Personas que te lo ofrecen todo y te muestran lo mucho que ha cambiado tu forma de querer, tener que decir que no.
La psicóloga insiste en que me autoconciba como artista, pero el respeto que le tengo a todas las disciplinas me rebasa.
Seguramente todo lo que cree llevará un pedazo de ese amor. Una mirada, un olor o una caricia. Al final, es quien soy ahora. No puedo desprenderme la piel por puro capricho. Me corresponde honrarla.
Agradecer cada noche. Sin falta, casi religiosamente, por haber tenido tantas bendiciones a esta corta edad. Por haber podido sentir tanto, y luego sentir más y después de todo, por no haber dejado de sentir. Porque es cierto; sigo amando, y sigo amando más que nunca. Pero amo para poder seguir viviendo, no para sentir que se me desquebraja el aliento a cada paso.
El amor está, eso es una certeza. Pero también es una elección propia. El amor siempre lo es.
Así como lo es reconocer que no voy a volver. No haría las cosas de una forma distinta, ni puedo verlas con los mismos ojos, la perspectiva, supongo yo; ha sido irreversible. No existe más el lugar del que me fui; ni siquiera soy el mismo que se fue. No tengo nada a qué regresar.
¿Seguiré creando, hablando, escribiendo, pintando y cantando sobre ello? Por supuesto que sí, de eso se alimenta nuestro arte. Pero retornos no se ven.
No estoy seguro de hacia dónde me dirijo. Nunca lo estuve; creo que jamás funcioné de esa forma. Mi ambición está orientada por otras coordenadas. Tampoco sé si estoy listo, o si logré superar las pruebas. No me compete hacer una aseveración de esa magnitud.
Lo único que sé es que he recordado quién soy. Teniendo eso, solo necesito que Dios me entregue un poco de suerte; del resto me encargo yo.
Esta no es la crónica de una tragedia.
Suyo;
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