aquí estoy
"Escribimos de lo que se tiene que escribir, y nada más". —José Guadalupe Arana.
Mi abuelo me enseñó a leer. Fruto del embarazo de una pareja joven, crecí durmiendo en la que antes fue su oficina. Cuatro paredes que escupían libros viejos forrados con plástico cristal. Era como dormir en el tercer piso de la Vasconcelos.
Para mí la lectura no significaba nada. Siendo sincero no me interesó hasta muchos años después. No me refugié en los libros ni en los mundos que alguien más había creado. Me obligaban a leer antes de ver una película, pero eso no despertaba ningún apetito por seguir haciéndolo. Irónico, viniendo de una familia que se dedicaba a la docencia. A veces sentía que no pertenecía a esa especie. Años después se mudaron. Él los regaló casi todos.
No entendía cómo es que los adultos podían emitir una opinión tan elaborada de una película para niños. Si todos vimos lo mismo, no entendía por qué yo era el único que no podía comprenderlo.
Así viví la mayor parte de mi vida, sin saber cómo unir un punto con el otro. Al menos no usando la lógica o el sentido común. Se volvió complejo cuando el ruido en mi cabeza apareció. La ansiedad llegó sin avisar en forma de una punta que se me clavaba en el pecho, estaba en bachillerato. No tiene mucho que mi mamá me confesó la preocupación que le albergaba durante aquellos años, cuando llegaba de la escuela a meterme a la cama. Ni siquiera lo recordaba.
Mi mente se infló por el estado gaseoso de mi angustia y viví así durante mucho tiempo. Sólo había palabras sueltas en mi cabeza que no sabía cómo unir.
Pero, durante todo ese tiempo había una necesidad creciendo en mi pecho. La urgencia de gritar, de hablarlo todo, sin saber aún de qué tenía que hablar.
La primera vez que me rompieron el corazón pude entenderlo. Fue una pedrada directa al recipiente de vidrio donde guardaba mis emociones. Entonces empecé a escribir. Sin mucha coherencia, con muy poca técnica. Vomité la tinta sobre la página. Descubrí que existía un poema que había ordenado las palabras que estaban dispersas dentro de mí. Entonces me aprendí el poema; al sol de hoy lo recuerdo.
Intenté mis primeros poemas iniciando la carrera. Me gané un par de premios, minúsculos pero simbólicos. Comencé a devorarme todos los libros que llegaron a mis manos, sin entender absolutamente nada. Leía por leer, pero entendía más sobre cómo los demás usaban las palabras.
Años después el torbellino regresó. Cuando la pandemia terminó con nosotros. Sobra decir todo el desbarajuste psicológico que dejó a su paso, pero eso me lleva al punto al que quiero llegar.
Me volví a encontrar con la desesperación hecha piedra. Mis primeros ataques graves de ansiedad, los primeros episodios psicosomáticos, la dermatitis, la caída del cabello, los otros cigarros que ya no me quería fumar.
De nuevo, escupí la bilis y me limpié la boca con las hojas de mi cuaderno.
Cuando las cosas volvieron a encontrar su curso, me enamoré como jamás lo había hecho. Tanto amor que no me cabía en el pecho y tuve que encontrar todas las maneras para expresar esa plenitud. Como a Sabines, me hubiera bastado una semana para reunir todas las palabras de amor pronunciadas sobre la Tierra. Estudié cada una, descartando aquellas que no me fueran suficientes. Cada palabra pulsaba amor.
Descubrí que no todo lo que escribía debía ser malo. Aprendí a dibujar oraciones acerca de cómo la luz del sol era suficiente para recordarme la pasión y el cariño que me ahogaban, entendí por qué todos escriben sobre el cielo, del mar, de la luna. Cuando extrañas a alguien le ves en todos lados. Al final, es una forma de inmortalizar una historia de amor.
Cuando apareció de nuevo el dolor, fueron las palabras las que me refugiaron. El coraje, el rencor, la tristeza escurrían sobre el teclado. Deseché libretas enteras que jamás verán la luz del sol porque no tenía sentido que lo hicieran.
Me vi obligado a escribir realidades que no correspondían a la mía, porque con la que estaba viviendo no me alcanzaba para sobrevivir.
Todo lo que he escrito está escrito para mí, y al ser así, está escrito para todos los que me hicieron ser quien soy. A todos los que he amado, y a todos los que me han amado.
Si no me encuentran, si no me ven, si se olvidan de mi voz, léanme, porque siempre voy a estar ahí, y ustedes junto a mí. Saben dónde encontrarme.
Suyo;
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