Siguen apareciéndome fotografías que sobrevivieron a la remoción masiva a la que me sometí. Remoción porque recoloqué todo en un lugar seguro, seguro de mi mismo, a prueba de mi mismo. 

   Pero, aquellas que logran escabullirse y sorprenderme cuando más baja tengo la guardia, remueven los cimientos más sólidos que he logrado levantar durante estos meses. No me compromete, no me asusta. No debilita mi criterio ni las promesas que me hice. Unas me dibujan una sonrisa sutil adentro del pecho, casi resignada, otras son como el dolor fantasma de una parte de mí cuerpo que ya no habito, que dejó de pertenecerme. Y déjenme decirles que esas, muy particularmente, duelen como el maldito infierno. 

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