3. El descanso

 Cuando abrí los ojos, sólo había silencio. Mi primer instinto fue estirarme debajo de las sábanas y mover los dedos de los pies. A diferencia de antes, la luz entraba a través de la ventana con una intensidad que sólo se encuentra al nacer el día. Me mantuve quieto por unos minutos, sólo para asegurarme que se trataba de mi estado de vigilia y no de otra ensoñación. Cuando reuní el valor suficiente, me incorporé sobre mi cama y me detuve a observar la habitación. Todo estaba en su lugar, tal cual como solía encontrarse. Hice el intento pero no logré recordar lo que había sucedido la noche anterior; busqué algún indicio que denotara algo, una botella vacía, un porro a medio fumar. Nada. Solamente esa voz, retumbándome en la cabeza. Yo esperaba sentirme distinto, pero no hubo ninguna diferencia. Al menos no como lo pintan en las películas. No hubo un éxtasis, una urgencia por vivir, por disfrutar cada momento como si fuera el último. Fue cuando llegué a la cocina para hacer el desayuno que por fin lo escuché: el silencio. La absoluta ausencia del escándalo en mi mente. 

Dejé el sartén sobre la hornilla y apagué la estufa. Salí al balcón de la habitación y fui recibido por el viento fresco del amanecer. Mis sentidos se habían vuelto más perceptivos. Podía escucharlo todo, podía olerlo todo. Nada se veía diferente, sólo se veía más claro. Feliz no estaba, únicamente estaba tranquilo. Recordé todo lo que viví antes de sentarme frente a aquel espejo ante el que mi cuerpo se fue descomponiendo, todas las personas, todo mi pasado, seguían ahí. La soledad, la nostalgia, la tristeza y el dolor, ahí estaban, sólo que esta vez tomaron su distancia. Fue como ser consciente de una herida que ya no estaba abierta, pero que se había vuelto indeleble. Entendí que era yo el que decidía qué tanto presionarla para saber que seguía estando ahí. Espero no se me haga costumbre. 



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