2. El eco
Aquí el tiempo transcurre distinto. A fin de cuentas es algo que solo le importa a los vivos, incluyendo a aquellos que no están muy interesados en vivir.
Uno piensa que cuando morimos todo el dolor desaparece. Creemos que los fallecidos están mejor que los que nos quedamos. Bueno, mejor dicho, eso era algo que yo pensaba. Pero resultó una mentira, construida para hacer más llevadero el duelo. La realidad es que todo sigue doliendo, pero duele diferente. Es un dolor casi susurrado, que te habla al oído mientras te acaricia la piel nada más con la punta de los dedos.
Desde que llegué creí ser el único en este lugar. Tan oscuro como si tuviera los ojos cerrados, pero supe por el perfume del aire que se trataba de una especie de campo abierto, sin un horizonte visible, como intentar ver el mar durante la noche. Esa ansiedad causada por la incertidumbre, por la falta de finitud.
No sentí hambre ni sueño, ninguna necesidad fisiológica porque, para rematar, no podía ver mi cuerpo. Solo sabía que estaba ahí. Por primera vez, el silencio no me abrumó, terminé por entregarme a él.
En un determinado momento comenzaron las voces. Pertenecían a personas que conocí a lo largo de mi vida, diciendo cosas que se parecían a los recuerdos que algún día poseí, pero eran distintos. En unos casos variaba alguna palabra, en otros el mensaje era completamente distinto. Supongo en algún punto mi memoria comenzó a tomarse demasiadas libertades creativas. Debo ser honesto y señalar que nunca sentí tristeza o nostalgia; entendía que esa había sido mi vida, pero no se sentía como si fuera parte de mí. Sin embargo, no significa que no sintiera nada. El dolor me acariciaba muy por encima. Sutil pero presente.
Observé aquella vida con una frialdad absoluta, con distancia y con cierto hartazgo. Como si ahora me pareciera obvio el resultado al que me llevaron mis decisiones. Permanecía inmutable ante lo que veía.
Pasó mucho, mucho tiempo. Me aprendí de memoria cada escena, cada conversación, cada coincidencia. Y ahí hubiera permanecido, si no fuera porque en una ocasión, mientras observaba una mañana de navidad, una voz desconocida me sacudió. «¿Terminaste?», me preguntó. Yo intenté ubicar el lugar desde el cual provenía esa voz profunda, casi sepulcral, pero no tuve éxito. «¿Qué se supone que debo hacer con esto? Ya sé lo que pasa después, no hay nada que pueda cambiar, ya lo intenté». «¿Y por qué piensas que tu trabajo es cambiarlo? ¿Qué sentido tendría?». Yo comenzaba a irritarme; no es como que yo hubiera decidido entrar en un limbo interminable de recuerdos. «¿Sentido? ¿Qué me vas a decir tu del sentido? Nada aquí lo tiene, me la paso como un imbécil reviviendo cada momento de una vida que ya no es mía. Ni siquiera siento algo parecido a la añoranza de volver a vivirlo. Esto no me sirve ni para sentirme miserable por todo lo que se fue».
No hubo respuesta por lo que fácilmente pudo equivaler a treinta minutos de los vivos. De repente, por primera vez el cielo se iluminó. Me encontraba en un enorme prado, a lo lejos alcanzaban a asomarse algunos valles, todo pintado de verde y amarillo. Supuse que era el inframundo de los griegos. En vida no le atiné ni a la religión que era la buena. «Estos no son los Campos Elíseos», me respondió la voz como si supiera lo que pensaba. «¡Vaya! Entonces tú eres Dios. Bueno, tan equivocado no estaba», refunfuñé. «Piensa lo que quieras, no es mi trabajo hacer que lo entiendas. Eso depende de ti», me dijo la voz. Eso me puso a pensar, no era ni un cielo, ni un infierno, tampoco era un paisaje especialmente bello, tal vez no estaba muerto, pero tampoco me sentía ni tantito vivo. Recordé que hasta ese momento todo había sido oscuridad, y miré hacia abajo para ver si reconocía mi cuerpo. Nada. Solo pasto. O era una cabeza flotante o ni siquiera estaba ahí. Nada tenía sentido alguno.
Todo volvió a oscurecerse. Al menos ya sabía que no había hacia dónde ir. Pasó más tiempo sin rastro alguno de aquella voz, hasta que por fin se me ocurrió preguntar en voz alta: «¿Por qué estoy aquí?». «Fue tu decisión. Aquí sólo se puede llegar voluntariamente», me respondió. Tardé un poco para procesar esa verdad. Recordé todas las veces que olvidé el sonido del silencio, cuando mis pensamientos se me salían de las manos y me llevaban a experimentar las angustias más despiadadas. Tanto pedí yo por vivir la calma, tan poco pude ver que siempre estuvo a mi alcance. Y ahora, que todo aquello me era ajeno, que no había nada más que la nada, acepté que mi única labor era terminar de soltarlo.
No hubo ninguna valoración moral, solo causas y resultados. Lo que estando vivos duele, dolerá. Las lágrimas se ofrendan a la posibilidad de amar, de la misma forma en que se ofrendaron sobre nuestra piel las caricias y las miradas. Nada se repite nunca. Incluso cuando nos aferramos a cometer los mismos errores, nunca la prueba será la misma.
La necedad me orientó a mi muerte. El cansancio me llevó al silencio y mi falsedad resultó ser mi verdad. Viví una vida digna de ser vivida. Que ya no me pertenece y no me pertenecerá, pero que, aún así, viví al límite. Entregué todo lo que fue mío hasta el último momento, dejé semillas sembradas en quienes me acompañaron. Hay palabras que quedaron sin pronunciarse, historiasque no serán contadas. Pero hubo mucha vida en las verdades que sí nacieron, hubo tanto amor en aquellos momentos en que se amó. Decidí vivir la vida en la forma en que logré entenderla.
Entonces, la tierra se sacudió.
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