1. La caída
Recuerdo la tarde en que me enteré. Su heraldo tomó mi mano, me miró a los ojos y colocó sus labios sobre los míos, tan dulces como siempre. Anunció con un beso que se acercaba el día de mi muerte. Secó mis lágrimas y, con una disculpa escondida entre su media sonrisa, se levantó y se fue.
Un par de días ocurrieron sin ninguna novedad. Esperé dejar de respirar mientras dormía, atravesarme en el trayecto de una bala perdida e incluso intenté, debajo de los árboles, que algún rayo me descubriera. Nada pasaba más que las horas. Sin sentir mucho, entendiendo menos.
Me encontró al fin una noche, mientras preparaba mis cosas para el día siguiente. «Eso no será necesario», me dijo. Le pregunté si podría despedirme, pero me miró como si ella supiera que ya no había nadie de quién hacerlo. Tampoco respondió cuando le pregunté si iba a ser doloroso. Yo no lograba comprender nada.
Resulta que uno va muriéndose de a poco, como las flores se van rindiendo a la gravedad. La vida sigue fluyendo, solo que ya no permanece en su sitio.
Me llevó frente a una puerta y me ordenó entrar. Al interior solo había una silla frente a un espejo. «Siéntate y mantén los ojos abiertos» y cerró la puerta dejándome solo. Yo obedecí y tomé mi lugar.
Observé mi reflejo con toda la tranquilidad de quien sabe que es la última vez que será mirado. De pronto, mi reflejo comenzó a deformarse y toda esa calma se vio arrebatada por un dolor intenso proveniente de mi interior. Un grito desgarró mi garganta y se me entumecieron las manos. Podía sentir que mil espinas me atravesaban la lengua, y cómo mis huesos se fracturaban debajo de mi piel. La sangre brotó de mi frente en pequeñas pero profusas gotas de sudor que recorrieron mis mejillas hasta llegar a mis labios. Un sabor a sal quemada y hierro fundido.
Frente a mí, el espejo comenzó a contar una historia: la mía. Aparecieron todos los dolores que me pertenecieron, incluso aquellos que no me correspondía adoptar. Vi mis carencias y mis heridas abiertas. Todas las veces en que alguien profirió un insulto en mi contra y todas aquellas en que fui yo quien acertó alguno en contra de alguien más. Pude ver mi necesidad de atención y aprobación, la falsa empatía que enmascaraba el miedo a que me abandonaran. Atestigüé todos los castigos que pronuncié en ejercicio de mi soberana y autoritaria inconsciencia; vi a mi soberbia arrebatarme tesoros que yo mismo pedí descubrir. Las trampas colocadas por mi orgullo y mi ego herido en las que fui cayendo cada vez que alguien endulzaba mi oído con el veneno de la pertenencia. Las mentiras que me vendí para no enfrentarme a mis propias consecuencias.
Lo recuerdo bien. Mientras consumía el último aliento que me perteneció, pude verme a los ojos y mirar una realidad que nunca quise ver.
Hora de la muerte: la prevista.
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