Multitud.

Hoy te encontré de camino a la oficina. Te subiste al mismo vagón que yo y te sentaste en silencio sin alertar a nadie. Creo que me quedé dormido, porque cuando abrí los ojos ya no estabas. 

Apareciste otra vez cuando me detuve a comprar mi café; sentada en las mesas del fondo, con los audífonos puestos y mirando por la ventana. Creo que saliste mientras contaba el cambio que me dio la cajera, porque cuando te busqué de nuevo, la mesa estaba vacía. 

Escuché tu risa cuando esperaba que la luz del semáforo cambiara, pero se perdió detrás del rugido de los autos que pasaron frente a mí. Después caminaste a mi lado, y aunque no te vi, no tengo ninguna duda de que fue tu perfume el que me acompañó esas dos o tres cuadras, hasta que te metiste en alguna de las calles que dejé atrás.

Hoy fuiste parte del cúmulo de extraños que cruzaron su camino con el mío, y estoy seguro de que te fijaste en mí en la misma medida en que los demás lo hicieron. Porque perteneces a todos los lugares donde te fui encontrando, y sé que te encontré porque yo también pertenezco a ellos. 

Y es que siempre estás ahí, a la distancia. Sin mirarme ni reconocerme. Y si mañana vuelvo a la cafetería yo seré un cliente más que fingirá distraerse contando el cambio que le den, para no estar seguro del momento en que te levantes de la mesa. Y así, sin reconocernos, perdidos entre la multitud, estaremos bien.

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