Las manecillas miraron al cielo y las sillas fueron encontrando su libertad.

Primero tu tía, luego tu prima, y al final fue tu abuelita; todas me abrazaron y me desearon una buena noche. Yo les agradecí y una a una regresaron a casa.

Yo no dije nada, pero tú y yo aprendimos a hablar un mismo idioma. Tantas veces te abracé así, así sin quererte soltar. Solo tú fuiste mi intérprete.

Luego, hiciste un nudo con tus brazos en torno a mi cintura, amarrando mis miedos para que no escaparan. Cuando logramos refugiarnos de los oídos del resto, clavaste tus ojos en mi alma.

Dijiste que te había parecido como si me hubiera despedido de ellas para siempre.

Respondí que uno nunca sabe pero me abrazaste más fuerte. Aseguraste que no sería la última y me condenaste con un beso.

Me tranquiliza que lo último que tu familia escuchó de mi boca fue el gracias más sincero.

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