Entonces: sobre todo esto.
Seamos honestos, al inicio pensé que estaba huyendo. Quizá en una gran parte sí fue así. Huí porque sabía que no podía gestionarlo todo yo solo. Es evidente que huía de ver una vida que iba a ser vivida sin mi presencia. No hay otra forma de decirlo.
No quise tener cerca absolutamente nada que me recordara que ya no perteneía al lugar donde quería estar, y las redes sociales eran la conglomeración de absolutamente todo ello.
Entendí que a grandes problemas, grandes soluciones. Fue tan impactante que tuve que cortarlo todo, de tajo. Huí de las rutas de siempre, de la oficina de siempre, de los mismos lugares que existían allá afuera, porque básicamente encontraba mi pasado en cualquier lugar.
Mi impulso fue llamar la atención en un nivel desesperado. Vivir una vida falsa que no estaba disfrutando, sólo para que todo el mundo viera que seguía vivo, que no me había destruído. Cuando sólo estaba implosionando. Reconocí esa necesidad humana de validación externa que, honestamente, no está mal, pero me estaba envenenando. Me llené de ruido, de fotos, de poses. Me llené de vacío. Me asqueé de mi propia búsqueda de atención. Creé un personaje, una personalidad específica que se me estaba saliendo de las manos. Me quedé sin recursos para mantenerlo, de qué me servía ser todo eso, si me había arrancado una parte del cuerpo, si había perdido lo que se había transformado en mi propósito.
En un intento desesperado, antes de caer, me refugié en la autoconcepción de mi mismo, le subí al ego, y le bajé a la calma. Al final del día, me quedaba solo, únicamente con mi celular en la mano.
Cuando me alejé de mi ciudad, de mi casa, de mis calles, de mi trabajo, cuando me reduje a nada, consciente de que lo único que me podía salvar era mi propio corazón, entendí que esa pose era sólo miedo y ausencia.
Sabía que no iba a lograrlo si aún existía una puerta a ese mundo al que no pertenecía. Tuve que quitarlo todo desde la raíz. Contacté a las personas más cercanas, a la familia que había construído con los años, y les pedí ser mi refugio.
No tener la facilidad para estar viendo qué estaban haciendo los demás, me impedía seguir comparándome, dejar de estar ingresando información basura a mi cabeza. Así tuve que obligarme a que no me importara la imagen que la gente tenía de mí. Porque las redes son eso, vendernos humo entre nosotros. Y no lo satanizo, actualmente estoy creando proyectos basados en la difusión en redes sociales, entiendo su utilidad. Pero estaba usando el martillo para golpearme y no para construirme.
Mi ego estaba tan triste, tan confundido, que tuve que sacarlo de la ecuación. Lo lloré hasta que sólo quedé yo. Al inicio me hice creer que regresaría cuando me sintiera más fuerte, más curado, mostrándole al mundo todo lo que pude hacer. Pura farsa.
Encontré comodidad en que nadie supiera lo que estaba haciendo, los lugares que estaba descubriendo. Fue como vivir en secreto, sólo por no estar posteando todo el tiempo. Tremenda falacia.
No voy a mentir, me desactualicé de muchas cosas. Pero demostré el punto, las personas que notaron esa ausencia y en verdad se implicaron, buscaron cualquier medio para saber que seguía vivo. Fueron ellos los que me mantuvieron actualizado.
Incluso el señor Gabriel, el tendero de la nevería, me lo encontré después de unos cuatro meses, hasta parecía que de él me estaba escondiendo.
Al final, dueño de la situación, tuve que regresar porque mi equipo me obligó a hacerlo, pero no lo hice de mala gana. Tengo una vida distinta, que nadie sabrá que lo es, más que quien estuvo cerca. Para los demás, todo sigue igual, soy el mismo de siempre, y sí, en esencia soy el mismo. Lo que ven allá es la misma persona que se fue. Incluso ni siquiera tuvieron que notar que no estuve. No tienen por qué hacerlo. No somos tan importantes.
Todo de este lado de la pantalla es distinto, y eso me hace mantenerme en mi carril, sabiendo que cuando prendo el celular, ahí dentro hay personas que viven sus vidas, lejos de la mía, y que ya no juego ningún papel en esa obra. Que no porque vean lo que estoy haciendo o pensando, van a saber lo que estoy viviendo, o lo que estoy sintiendo. Así es esto, todos firmamos para recibir esa indiferencia. El punto está en lo que hacemos con ella.
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