Otro relato breve

 Ayer te escuché llorando en el balcón cuando dieron las once de la noche. No intentaba ocultarme porque estaba seguro de que mi presencia era suficientemente fútil como para ser tomada en cuenta. Yo pensé que habías dejado el cigarro, y me sorprendió oler el humo que se coló por mi ventana, fue ese rastro el que me llevó a ti. No dijiste una sola palabra, no fue necesario que lo hicieras para poder entender que estabas librando una batalla perdida contra tu soledad. Fue un cigarro tras otro; hice el intento de seguirte el paso por pura curiosidad y de pronto reparé en que la cantidad de colillas en el cenicero había aumentado considerablemente. Parecía que todos los ruidos de la noche se habían coordinado para servirte a ti: el rugido del viento que rasgaban los autos que avanzaban debajo de nosotros, las sirenas que anunciaban discretamente un número inaudito de calamidades, la bocina solitaria del tren de carga que atravesaba la ciudad. Es irónico, la forma en que todos esos sonidos sólo provocan que nos sintamos más alejados de aquellas otras vidas que suceden a nuestro rededor. Como si dijeran: mira todo esto, de lo que no formas parte, todo lo que no puedes mantener, todo a lo que no puedes pertenecer.

            ¿Por qué llorabas? ¿Por qué te encogías en la silla, tensando cada músculo de tu cuerpo, ahogando un grito y cortando de golpe tu respiración? ¿Por qué sentí la necesidad de brincar la cornisa y abrazarte? De envolverte y protegerte en mi pecho y jurarte que todo iba a estar bien, que estabas bien, que yo estaba ahí. Hacerte saber que no importaba lo que había pasado, si era arrepentimiento, decepción o una traición la que escapaba por las comisuras de tus ojos. Que no importaba si era un recuerdo que tus pestañas no lograron retener, o la ilusión de una felicidad añejada por el tiempo. No sé tampoco lo que me abstuvo de preguntar, de interesarme. Bueno, interesado estaba. Estaba incluso comprometido con la idea de acompañarte en silencio hasta que cayeras rendida por el esfuerzo inútil de mantenerte en pie.

            Perdí la noción del tiempo hasta que una corriente helada me despertó. El sol alcanzaba a asomarse a lo lejos, por una esquina del horizonte. Ya no hubo llanto, ningún sollozo que escupiera humo. Viví mi día pensando en que había sido un sueño, una alucinación causada por una congestión de nicotina. Todo transcurrió con normalidad, hasta que te volví a encontrar, esta vez en las escaleras. Yo bajaba, tú subías. Subiste tan rápido que apenas pude reconocerte cuando pasaste junto a mí. No estaba muy seguro hasta que te detuviste a medio camino e imperceptible, casi en un susurro soltaste un «Gracias» que rebotó entre los barandales y se perdió en el eco de nuestro secreto.

Comentarios

  1. Gran emoción me causó leerte, desde que te conocí estaba seguro del talento para transmitir a través de las palabras.
    Un abrazo y mi admiración a tus textos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Qué grata sorpresa leerle después de tanto tiempo. Me alegra muchísimo que mis palabras le hayan encontrado. Mil gracias por el apoyo y por la deferencia. Abrazo fuerte.

      Eliminar
    2. Ojalá me visites en la 31, ahí estamos Luz como directora y yo de sub

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Caminantes

Petrícor

Donde habita la certeza